Optimismo o pesimismo?

¿Qué es más aconsejable?, ¿ser optimista o ser pesimista?. Pues como ocurre en casi todas las cuestiones exintenciales; depende…Por un lado numerosos testimonios, experimentos e investigaciones parecen dejar claro que una aptitud optimista ante la vida propicia bienestar mental y predispone a sacar mayor partido de las situaciones y las potencialidades del individuo. Saber ver oportunidades donde otros ven problemas y actuar en base a obtener el máximo beneficio en lugar de quejarse o estar a la defensiva, ofrece mayores posibilidades de cumplir objetivos, encontrar satisfacciones y por lo tanto darle un sentido a la vida. En resumen todo parece indicar que una persona optimista tendrá más posibilidades de ser feliz que una pesimista.

Aunque para ser exactos quizá deberíamos decir que una persona optimista tiene más posibilidades de ser feliz en situaciones óptimas ya que cuando vienen mal dadas parece que el pesimismo prepara mejor para desarrollar defensas ante la frustración. Uno de los ejemplos más famosos es el de los prisioneros de guerra norteamericanos en Vietnam. Según parece los pesimistas tuvieron un índice supervivencia mucho mayor que los optimistas. La razón era que los más optimistas intentaban animar al grupo con afirmaciones del tipo “Ya veréis como en Navidad estaremos en casa” y cuando la Navidad pasaba y seguían prisioneros entonces afirmaban “Ya veréis como en verano ya estaremos en casa”. A medida que la realidad iba negando las expectativas, la frustración iba creciendo a mayor velocidad y en mayor intensidad entre los optimistas que llegaban antes a la completa desesperanza lo que finalmente acababa con sus vidas víctimas de severas depresiones y demás consecuencias físicas asociadas. Sin embargo los pesimistas, que se temían siempre lo peor, como que no llegarían vivos al día siguiente por ejemplo, se sorprendían positivamente al darse cuenta que el resultado final, aún siendo horrible, no era tan catastrófico como ellos mismos habían vaticinado y este hecho fue, a la postre, lo que permitió salvar la vida a muchos de ellos que jamás imaginaron salir vivos de aquel trance y se limitaban a esperar el momento que trágicamente habían pronosticado.

En una línea similar e basan los argumentos del filósofo Séneca que afirmaba que gran parte de nuestros disgustos se deben a nuestro exceso de optimismo. Adaptándolo a los tiempos actuales; nos enfadamos cuando se retrasa el transporte público, cuando se corta el agua caliente en la ducha, cuando nos pitan en medio del tráfico o cuando nuestra compañera de trabajo nos niega el saludo. Es decir, en un ejercicio de optimismo totalmente irracional, pretendemos que todo sea perfecto y que no ocurra ninguna situación que contradiga nuestro ideal de existencia cuando lo normal suele ser todo lo contrario y es habitual que la ley de Murphy (si algo puede salir mal, saldrá mal) haga su aparición cada día. Por lo tanto sería mucho más saludable para nuestro bienestar mental, según Séneca, una dosis prudente de pesimismo ya que si contamos que a lo largo del día vamos a tener que afrontar sin remedio diferentes obstáculos , cuando estos se presenten no nos pillarán desprevenidos y esto minimizará el impacto de la frustración. Si por el contrario, contra todo pronóstico, los obstáculos no se presentan aún tendremos más motivos para estar alegres.

¿Entonces es mejor tener una actitud pesimista?, tampoco pues el pesimismo mina nuestra energía vital y nos cierra muchas puertas al descartar posibilidades de éxito incluso antes de ponerlas a prueba.Tanto el optimismo como el pesimismo son actitudes necesarias para la supervivencia, prueba de ello es que la selección natural ha hecho llegar a ambas hasta nuestros días.

En mi opinión lo recomendable es coger lo mejor de cada uno. O sea ser optimista en la actitud y pesimista en las expectativas y, a poder ser, regulando el nivel de intensidad en cada caso.

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