Vivir con uno mismo

 

A lo largo de la vida nos relacionamos con diferentes personas que entran y salen de nuestra vida.  Con algunas nos llevamos mejor que con otras y puede incluso darse el caso de que a algunas de ellas lleguemos a detestarlas, pero siempre nos queda la posibilidad de alejarnos de ellas. Si de repente dejamos de llevarnos bien con un amigo, dejamos de frecuentarlo y ya está. Si la relación con un compañero de trabajo no es todo lo cordial que debería, antes o después acabamos cambiando de empleo o alejándonos de ese individuo. Aunque sea algo más traumático, también podemos llegar a detestar a nuestra pareja pero siempre quedará el recurso de acabar con la relación y seguir cada uno por su lado. Incluso se dan casos de hermanos, padres e hijos que llegan a dejar de hablarse y rompen el inquebrantable vínculo familiar por todo tipo de desavenencias. Sin embargo hay una persona de la que no podemos separarnos tan fácilmente, se trata de nosotros mismos.

Si no nos soportamos a nosotros mismos tenemos un problema ya que el recurso de la huida o la separación no vale en este caso. Allá donde vayamos nos llevaremos con nosotros mismos y si ello supone un suplicio solamente soluciones tan poco aconsejables cómo el suicidio nos dan una salida rápida.

Es por ello que saber conocerse, aceptarse y quererse son tareas tan importantes para aprender a crecer como personas. Estamos condenados a entendernos con nosotros mismos

Somos muchos los que nos llevamos mal con nosotros mismos a menudo e incluso, aunque muchas veces bajo formas inconscientes, hay bastantes individuos que sienten auténtico oído y desprecio hacia su persona. Los comportamientos auto-maltratadores y autodestructivos que se derivan de ciertas actitudes generan cada día toneladas de sufrimiento innecesario. Pero la ley no castiga los  maltratos a uno mismo así que en este asunto somos plenamente responsables de nuestra situación.

¿Cuántas veces te has  sorprendido regañándote o insultándote a ti mismo/a?, ¿cuántas veces te reprochas cosas al cabo del día?, ¿te tratas con amabilidad en tu  diálogo interior?. ¿Eres consciente de que los niveles de reproche y exigencia a que te sometes a ti mismo difícilmente serían tolerados por un tercero?, ¿y que si hablaras o te dirigieras  a otro/a cómo te diriges a ti mismo/a, probablemente ese otro acabaría por despreciarte y considerarte un/a despota?.

Empezar a hacer las paces con uno mismo, conocerse comprenderse y aceptarse es un hábito que a priori parce recomendable. Eso no quiere decir que no debamos abandonar el interés  y la ambición por mejorar en todos los órdenes, pero para seducir a una persona siempre es más fácil hacerlo desde el cariño –que esa persona se sienta querida- y eso nos incluye a nosotros mismos. Cualquier intento de mejorar tendrá una base más sólida si estamos libres de la ansiedad de sabernos juzgados, criticados y condenados por nosotros mismos y contamos con la garantía de que  si fracasamos contaremos con nuestro perdón y nuestro apoyo incondicional.  Cómo casi todo lo que vale la pena en esta vida, no es ni fácil ni rápido (ni necesariamente cómodo), pero si tenemos en cuenta que debemos convivir con nosotros hasta el final  la recompensa bien vale ponerse manos a la obra. Además tenemos todo el día para practicar.

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