Lo esencial es invisible a los ojos

Con esta famosísima cita de la obra de Antoine de Saint Exupery, el Principito, me gustaría reflexionar acerca de un tema que siempre es apasionante; La existencia.

Siempre me ha fascinado jugar con el concepto de la existencia y todo lo que ello implica en nuestra vidas y nuestra forma de entender el mundo. En nuestra cultura parece que la existencia sea una condición imprescindible para gozar de un mínimo status en la realidad, tendemos a despreciar lo que no existe (o creémos no existe) cómo si no fuera merecedor de nuestra atención. No obstante pocas veces nos paramos a pensar que muchas de las cosas más importantes de nuestra vida son cosas que precisamente no existen, empezando por nosotros mismos.

Me explico, si por existencia entendemos todo aquello que tiene una presencia física en nuestro mundo físico, es decir todo aquello que se puede medir, pesar, detectar o percibir de alguna manera tangible, es evidente que nuestros cuerpos biológicos existen. Estos cuerpos están formados por tejidos, sustancias y materia cuya existencia en el mundo físico es fácil de demostrar, ahora bien ese conjunto de visceras y organos solamente es una parte de nosotros, lo que de verdad define nuestra identidad y nos hace reconocernos cómo quien realmente somos es la consciencia. Pero la consciencia no existe cómo una entidad en sí, no se puede pesar ni medir, no ocupa un lugar concreto (su ubicación en el cerebro es, a día de hoy, cuanto menos ambigua), no se puede aislar en un recipiente ni se puede fotografiar, ni puede decirse que esté compuesta de unas moléculas específicas. La consciencia es más bien una propiedad emergente que surge de la interacción de nuestro cuerpo y mente con la llamada realidad exterior.

Por propiedad emergente definimos a aquellos fenómenos que no tienen una existencia propia independiente sino que surgen cómo resultado de un proceso o interacción entre varios agentes que sí tienen una existencia física. Aparte de la consciencia, dentro de esta categoría entrarían también fenómenos como el arco iris (que no existe como tal, sino que es un propiedad emergente de la interacción de la luz solar y las gotas de agua), los espejismos, el eco, las auroras boreales y tanta otros elementos que son muy patentes a pesar de su “no existencia”. Pero volviendo al hilo central, otros de los elementos importantes en nuestras vidas que no existen serían por ejemplo el futuro, nuestros miedos o nuestros anhelos. Estos últimos nos pueden parecer muy reales pero lo cierto es que no existen en ninguna parte salvo en nuestra consciencia que tampoco existe cómo un elemento externo y autónomo, cuando llegue la muerte no quedará ni rastro de ellos. ¿Os habéis preguntado cuantas veces al cabo del día pensamos en el futuro?: “Seguro que se presenta el lunes sin avisar“, “¿Conservaré mi trabajo el año que viene?“, “¿Que será de mis hijos?“, “Mañana iré al gimnasio“, “¿Qué me pongo esta noche?“, pero en sentido estricto el futuro no existe cómo tampoco existe el pasado, el primero es una mera ilusión y el segundo un recuerdo sin más rastro que los documentos que se hayan dejado, solamente el aquí y ahora tienen una existencia auténtica.

¿Seguimos?, pues otro ejemplo sería el dinero. …Sí vale, de acuerdo, los billetes y las monedas tienen una existencia bien tangible pero no así el valor que representan. Hoy más que nunca es evidente que la realidad económica es un mundo aparte donde unos números van y vienen de unas cuantas bancarias a otras (cuentas que por cierto tampoco tienen una existencia física). La mayoría de transacciones que se realizan hoy en día no son más que un cambio de dígitos en algunos ordenadores que cambian un valor que, como algo independiente sencillamente no existen, su existencia no es más que la propiedad emergente de un sinfín de complejas interacciones en el mundo real y financiero.

Más ejemplos serían la música y la literatura. Existen las partituras y los ejemplares impresos pero ¿la pieza musical o la novela como tal?. Si se perdiera el último ejemplar impreso del Quijote pero aún se conservara un archivo PDF con su contenido en un rincón perdido de un disco compacto en un almacén olvidado, ¿seguiría existiendo o no?, ¿y si se conservaran todos los ejemplares pero no quedara ningún lector en la Tierra para leérlo, entonces existiría?.

Y ya no hablemos del mundo de las redes informáticas y telemáticas (la famosa “nube”) donde las fronteras entre lo que existe y no existe son todavía mucho más difusas y sutiles.

Con todo esto no pretendo negar el concepto de existencia pero si llamar la atención acerca de que el hecho de que una cosa efectivamente exista o no, no debería ser un criterio de peso para considerar la importancia de ese algo. Deberíamos tenerlo presente antes de minusvalorar la curiosidad de los niños ante las hadas o sus miedos ante los monstruos, o la fe de muchos adultos ante espíritus o divinidades de toda índole.

Por último me gustaría apuntar una última idea que será, con toda probabilidad, el inicio de un nuevo artículo. Muchas de esas cosas que no existen (empezando por nosotros mismos), son precisamente las más esenciales, como apuntaba la cita del principito, son las más importantes y gozosas a las que podemos aspirar en nuestra existencia aunque pertenezcan a un universo invisible. Y la mayoría de ellas nunca llegamos a descubrirlas a pesar de estar a siempre a nuestro alcance.

Enfín, seguiremso hablando de ello.

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