La persona y su comportamiento

En ocasiones nos sorprendemos a nosotros mismos sintiendo un profundo desprecio por alguna persona en concreto. Para aquellos de nosotros a los que nos importa nuestra actitud compasiva para con los demás, este sentimiento suele ir acompañado de una inevitable sensación de culpabilidad. Pienso que efectivamente toda persona es merecedora de un mínimo de respeto y de dignidad bajo cualquier circunstancia, no obstante no ocurre así con su comportamiento. El comportamiento puede y debe ser censurable si éste atenta contra la dignidad de algún otro o contra normas básicas de convivencia.

Por eso es importante tener siempre presente que cualquier individuo es merecedor de, cómo mínimo, nuestro respeto cuando no de nuestro aprecio, pero también hemos de ser capaces de diferenciar el juicio de su comportamiento del juicio a la persona en sí. La razón principal es bastante sencilla; un sujeto nunca está comportándose continuamente de la misma forma. Todos nos hemos comportado en algún momento de forma estúpida y todos hemos tenido momentos acertados. La flexibilidad mental debería dejarnos ver que eso ocurre también con otras personas y reconocer cuando alguien se ha comportado de forma adecuada aún cuando no sea su forma habitual de actuar. Generalmente tendemos a etiquetar a una persona por unos cuantos comportamientos y a partir de ahí la pre-juzgamos desde un punto de vista que quizá no sea el más justo, y podemos a llegar a desarrollar un desprecio por ella que no esté realmente justificado. De forma análoga, tampoco debemos tener ningún reparo en sentir y, depende como, expresar nuestro desprecio por comportamientos que consideremos despreciables.

El secreto es saber establecer la distancia mental correcta entre el individuo, cómo portador de dignidad, y el comportamiento que adopta de forma transitoria. Sería un error de igual calibre identificar a una persona por algunos de sus comportamientos cómo pasar por alto un comportamiento deleznable por una compasión mal entendida o un complejo de culpabilidad que, en el fondo, no es más que una de una de las muchas trampas que nos pone el ego.

A partir de ahí podríamos empezar a debatir cómo reaccionar ante un comportamiento y que elementos de juicio podríamos estructurar antes de emitir un veredicto y dar rienda suelta o no al sentimiento de desprecio que dicho comportamiento nos inspire.

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