La alegría como obligación

Chiia sonriendoEl mundo es un lugar peligroso, hostil y cruel. Eso es así y siempre ha sido así. En las sociedades occidentales prosperas, las comodidades relativas proporcionadas por los avances tecnológicos y por regímenes políticos más o menos estables nos han dado la falsa sensación de que el mundo es un lugar bastante seguro y ordenado, donde damos por hecho que determinadas situaciones de riesgo definitivamente no son posibles.

Hay que reconocer que los avances que, en general, se han producido en algunas sociedades humanas han hecho nuestra existencia mucho más fácil, pero olvidar que la capa que nos separa de la “la selva” es tan fina como el papel de fumar (cómo bien saben muchas víctimas de guerras, éxodos y regímenes totalitarios), es toda una imprudencia.

Si reconocemos entonces el carácter básicamente hostil que originariamente tiene la existencia, la siguiente conclusión a la que podemos llegar es que quejarse, amargarse o estar continuamente enfadado es todo un lujo. Precisamente porque la propia vida ya se encargará de traernos desgracias por si sola, perder el tiempo añadiendo más preocupación innecesaria con nuestras malas actitudes y pensamientos oscuros se puede considerar un absoluto despilfarro. La alegría, el entusiasmo, las ganas de pasarlo bien debería ser nuestra actitud por defecto. Sacarle el máximo partido a cada segundo, estrujar cada instante tendría que ser nuestra mayor prioridad frente a la constante amenaza de que la vida, en cualquier momento, nos de la espalda y nos ponga, de nuevo, en nuestro sitio.

Es curioso observar como la depresión, la ansiedad y el stress crónico suelen ser enfermedades comunes de las sociedades acomodadas, mientras que en sociedades azotadas por auténticos problemas y sometidas a continuos sufrimientos es mucho más frecuente ver a la gente reaccionar ante la desgracia con alegría y vivir su, muchas veces mísero, día a día en medio de cantos y danzas. Sin duda en esos lugares las enfermedades mentales acabarán cebándose con algunos individuos, pero dudo que sean en un número comparable y, sobretodo, por causas tan nimias como las que las que provocan en nuestras sociedades occidentales. Y no es demasiado aventurado pensar que el motivo es porqué en todos esos lugares del mundo se tiene mucho más presente la fragilidad de la vida y del bienestar y se aprovecha al máximo el aquí y el ahora. Un artículo como este no tendría sentido, allí saben bien que no se puede desperdiciar ni una décima de segundo.

Nuestra sociedad está, por el contrario, llena de quejicas, gruñones y amargados por no poder poder someter la vida a sus caprichos. No recuerdo ni un sólo día en el que no haya escuchado de alguien una queja o una frase en tono cansino por motivos tan peregrinos como “que hoy es lunes”!!. Somos víctimas del aburrimiento y el tedio.

La alegría no es una actitud opcional, es una obligación, y debería serlo para todos nosotros. Porque incluso para el más afortunado siempre llega el día en el que la realidad nos muestra su cara más dura en forma de enfermedad, de perdida de empleo o de un ser querido etc…, y ese día recordamos (o no) todo el tiempo que hemos perdido lamentándonos sin motivo.

Es cierto que de dicho así suena al típico discurso bobo e intranscendente de librillo de auto ayuda de saldo, pero la cosa tiene su miga. La actitud alegre, la llamada “actitud positiva” no es algo que se pueda crear de buenas a primeras. Requiere esfuerzo y práctica, sobretodo cuando estamos tan acostumbrados a tener una actitud tan plomiza. Uno de los muchos métodos para aprender a saborear la vida es aprender a ser consciente del aquí y ahora cada vez que detectamos una emoción negativa (sobretodo aquellas que surgen, no por una causa, sino por un pensamiento o proyección nuestra), y reconducir la situación hacia todo lo bueno que podemos disfrutar en ese preciso momento, empezando por estar vivos por ejemplo. En los casos en el que el aquí y ahora sea indeseables, entonces podemos utilizar nuestras proyecciones mentales para lanzarnos a lugares imaginarios muchos más agradables o simplemente en concentrarnos para poder salir antes y más airosamente de la situación de peligro de forma serena. Esto último no es tan complicado si tenemos en cuenta que normalmente utilizamos las proyecciones mentales para todo lo contrario.
Nadie dijo que fuera fácil, pero los beneficios de cultivar la alegría y la serenidad bien valen la pena el esfuerzo. Y además intentar mantener el tono anímico alto no quiere decir que no se sea consciente de los problemas que nos rodean, más bien al contario, una buena actitud nos predispone mejor para juzgar y estar preparados para afrontar esos problemas en su justa medida.

Por otra parte aunque mucho de lo dicho pueda parecer obvio, lo cierto es que no debe serlo tanto cuando ves la reacción ante la vida diaria de la mayoría de la población. Incluso después de algunos reveses en los que parece evidente que es necesario adoptar un cambio de actitud, se vuelve al poco tiempo de nuevo a la inercia de verlo todo del peor color posible aunque rara vez eso sea realmente así.

En otros post seguiremos estudiando prácticas para entrenar la actitud alegre.

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Un pensamiento en “La alegría como obligación

  1. maribel dice:

    Muchas veces sí que somos conscientes de la alegría que se vive en el momento presente. A mí me pasa muchas veces. Y lo que ocurre es que en ese preciso momento vemos como se va escapando y se va convirtiendo en pasado , aunque hayan pasado tan sólo unos segundos. Realmente tenemos que dar gracias de donde vivimos y cómo lo hacemos. Eso no quiere decir que quejarse siempre sea malo. Se puede considerar como una manera de crítica por algo que no nos gusta y eso no quiere decir que sea deleznable.
    Besitos.

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