No hay marcha atrás

Conforme se alcanzan niveles superiores de conciencia se produce un fenómeno que no siempre es necesariamente cómodo y es que ya no hay marcha atrás (salvo quizá, la amnesia u otro trastorno similar). Una vez descubres que existen otras realidades ya no es posible realizar el viaje de vuelta hacia el cómodo caparazón que eran nuestras antiguas creencias fundadas.

Aunque lógicamente pueda pensarse que el expandir la conciencia sea una liberación (y en muchos aspectos así es), esta liberación no siempre está directamente asociada con un sentimiento de sosiego, más bien al contrario, la confusión o el aturdimiento son comunes hasta que te habitúas al nuevo estado.

Y es que es tanto el apego y la identificación que tenemos con nuestro yo, se ha impregnado tanto en nuestra carne desde nuestro nacimiento y durante tantos años de educación que el descubrimiento progresivo de su carácter básicamente fantasioso y fantasmagórico no es fácil de digerir.

Recurriendo a la metáfora… Imaginaos un hombre que desde su nacimiento ha vivido dentro de un barril sin conocer ningún otro lugar. Por un pequeño agujero en la madera se le proporciona comida y agua y por otro expele sus excrecencias. El hombre fantasea acerca de dónde viene la comida o a donde van sus heces, pero la cosa no pasa de elucubraciones y mientras tanto el hombre se entretiene acariciando con sus manos la madera del interior del barril u observando las texturas de su propio cuerpo bajo la escasa luz que penetra por los orificios.

Un día la curiosidad le lleva a romper la tapa del barril, se asoma y descubre que el barril está dentro de una enorme cueva y al final de la cueva hay un agujero en el que brilla una luz intensa y resplandeciente que indica que por allí se sale a otro mundo probablemente aún mucho mayor.

El hombre es consciente de que aquella cueva es mucho mayor que el interior de su barril y que tiene muchas más posibilidades, intuye además que el mundo que se insinúa tras la salida de la cueva aún debe ser mucho más vasto y luminoso. …Pero no es una sensación agradable. Tiene todos los músculos entumecidos y las imágenes que le llegan del nuevo exterior son muy muy borrosas debido a la miopía producida por los años de vida en el interior de un espacio tan reducido. Además de todo ello el hombre ya sabe que volver a acurrucarse en su barril y colocar la tapa encima no va a hacer desaparecer la imagen de lo visto. El descubrimiento de la nueva realidad es irreversible y a partir de ese momento ya no es posible vivir como hasta entonces. Aquella era una existencia más miserable desde luego, pero la tibia y cálida seguridad que daban las angostas dimensiones del barril, la siempre puntual comida proporcionada a través del agujero y, sobretodo, la ignorancia de lo que ocurría fuera, ahora se antojan casi deseables.

Salvando las lógicas distancias que impone una analogía, algo semejante ocurre con la conciencia. Conforme ésta evoluciona se intuye que el mundo que hay “ahí fuera” es mucho más grande de lo que ni siquiera podemos llegar a imaginar. Casi al mismo tiempo vamos percatándonos de la insignificancia de nuestro pequeño y minúsculo mundo que hasta ahora ha sido todo lo que conocíamos y al que estamos estrechamente vinculados.

El descubrimiento no supone una liberación inmediata, de la misma forma que el hombre del barril aún tardará años  en decidirse a salir a explorar el exterior, eso si no decide morir acurrucado en el fondo del tonel vencido por el temor y el miedo, sin osar a descubrir nunca lo que le espera fuera.

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